La cabaña volvió a sumirse en una quietud engañosa una vez que la comunicación se cortó. El teléfono de Lucca quedó inmóvil sobre la mesa, como si nunca hubiera vibrado, como si aquella voz —firme, precisa, peligrosa— no hubiese atravesado la noche para alterar el curso de los acontecimientos. Pero nada era igual. Nada volvería a serlo.
Lucca no dijo una sola palabra durante varios segundos. Se limitó a guardar el teléfono en el bolsillo interno de su chaqueta y volvió la mirada hacia Alessandro. No había preguntas en sus ojos; había cálculos. Evaluaciones silenciosas. El tipo de pensamiento que solo se desarrolla después de haber sobrevivido a demasiadas guerras.
—No vendrá —dijo finalmente Alessandro, rompiendo el silencio—. Y es mejor así.
Lucca asintió con lentitud.
—Sabe dónde estamos —respondió—. Eso basta.
Desde el pasillo llegó un leve sonido: el roce de una manta, un movimiento contenido. Erika seguía despierta. No había dormido del todo desde que llegaron a la cabaña; su cue