El silencio de la mansión Baker era engañoso. Detrás de esas paredes frías, Débora caminaba de un extremo al otro del despacho privado, con las uñas golpeando el borde de la mesa como si marcara el ritmo de su propia furia contenida mientras que Verónica Wilson estaba sentada frente a ella, las piernas cruzadas, el ceño ligeramente fruncido como quien escucha un problema ajeno que ―sin admitirlo― disfruta, ambas representaban contrastes totalmente diferentes.
—Le di todo a ese idiota —escupió Débora, refiriéndose a su hijo—. Y tenía UNA sola instrucción… no provocar a Alessandro Miller. ¿Y qué hizo? ¡Exacto lo contrario!
Verónica ladeó la cabeza.
—Mi ex marido también era así. Los hombres creen que pueden manejarlo todo hasta que se estrellan. Sin embargo… —sonrió con ese gesto helado que siempre había usado con Erika—, la solución sigue siendo la misma: quitar del tablero a quienes estorban en la jugada.
—Lucca Serrano —siseó Débora.
Ese nombre había comenzado a ser una molestia conti