El silencio de la mansión Baker era engañoso. Detrás de esas paredes frías, Débora caminaba de un extremo al otro del despacho privado, con las uñas golpeando el borde de la mesa como si marcara el ritmo de su propia furia contenida mientras que Verónica Wilson estaba sentada frente a ella, las piernas cruzadas, el ceño ligeramente fruncido como quien escucha un problema ajeno que ―sin admitirlo― disfruta, ambas representaban contrastes totalmente diferentes.
—Le di todo a ese idiota —escupió Dé