La cabaña no dormía.
Aunque el fuego de la chimenea crepitaba con una constancia casi hipnótica y el viento parecía haberse calmado afuera, Lucca sabía que el silencio era un disfraz. Uno peligroso. De esos que preceden a las emboscadas.
Se movía por el interior del lugar con pasos suaves, midiendo cada crujido de la madera, cada sombra proyectada por la luz anaranjada. Sus manos recorrían superficies conocidas: interruptores ocultos, sensores camuflados en los marcos de las ventanas, pequeñas placas metálicas integradas en las paredes. Todo estaba donde debía estar. Todo funcionaba.
Eso no significaba nada.
La experiencia le había enseñado que el enemigo más letal no era el que atacaba de frente, sino el que esperaba a que bajaras la guardia… aunque fuera solo un segundo.
Erika, en cambio, estaba sentada frente al fuego, con la mirada perdida en las llamas como si allí pudiera encontrar respuestas que la ciudad le había negado. El cansancio se le notaba en los hombros, en la forma en