La cabaña no dormía.
Aunque el fuego de la chimenea crepitaba con una constancia casi hipnótica y el viento parecía haberse calmado afuera, Lucca sabía que el silencio era un disfraz. Uno peligroso. De esos que preceden a las emboscadas.
Se movía por el interior del lugar con pasos suaves, midiendo cada crujido de la madera, cada sombra proyectada por la luz anaranjada. Sus manos recorrían superficies conocidas: interruptores ocultos, sensores camuflados en los marcos de las ventanas, pequeñas