La segunda cabaña tenía una quietud tan perfecta que se sentía casi artificial, como si el bosque entero estuviera conteniendo la respiración. Lucca caminó por el interior con paso lento, asegurándose de que los sensores perimetrales se activaran, revisando cada ventana, cada punto ciego, cada posible acceso. Sus manos eran precisas, sus movimientos silenciosos: el cuerpo de un exsoldado nunca olvidaba.
Erika, ajena al despliegue invisible de seguridad que la rodeaba, había dejado su mochila so