La segunda cabaña tenía una quietud tan perfecta que se sentía casi artificial, como si el bosque entero estuviera conteniendo la respiración. Lucca caminó por el interior con paso lento, asegurándose de que los sensores perimetrales se activaran, revisando cada ventana, cada punto ciego, cada posible acceso. Sus manos eran precisas, sus movimientos silenciosos: el cuerpo de un exsoldado nunca olvidaba.
Erika, ajena al despliegue invisible de seguridad que la rodeaba, había dejado su mochila sobre uno de los sofás y se encontraba frente al enorme ventanal, observando cómo las últimas luces del atardecer teñían de dorado los troncos de los pinos.
—Es hermoso, ¿verdad? —murmuró ella, sin apartar la vista de la línea del horizonte.
—Lo es —respondió Lucca desde el pasillo, aunque él no estaba hablando del paisaje.
Habían pasado semanas desde que la vida de ambos había cambiado. Semanas desde que se reencontraron, desde que el mundo parecía haberse dividido entre quienes querían protegerl