La noche había caído sobre la ciudad con esa densidad silenciosa que siempre precede a las tormentas que no son climáticas, sino humanas. Lucca había pasado las últimas cuarenta y ocho horas vigilando sin descanso, moviéndose en el perímetro, analizando rutas, flujos de personas y patrones invisibles a los ojos de quienes no habían sido entrenados para sobrevivir incluso cuando los cazadores llevaban ventaja. Alessandro, por su parte, jugaba en otra dimensión: la de la política, la del poder, la de los hilos tensos que podían romper imperios. Ambos entendían que la amenaza que se movía entre sombras era tan real que no admitía errores.
Y en otra parte de la ciudad, dos mujeres avanzaban con un propósito que oscilaba entre la obsesión y el odio más antiguo: Débora Baker y Verónica Wilson.
Débora caminaba en la penumbra del salón principal de la mansión Baker con los tacones resonando como declaraciones de guerra sobre el mármol. La mandíbula le temblaba, no por miedo, sino por rabia ac