La noche había caído sobre la ciudad con un silencio anómalo, casi premonitorio. Desde los edificios más altos hasta los callejones más estrechos, había una quietud densa, como si el aire mismo presintiera el caos que estaba a punto de desatarse. Las luces de los autos se deslizaban por las avenidas, reflejándose en charcos y cristales, mientras un grupo de vehículos negros sin identificación se dispersaba silenciosamente desde distintos puntos. Los hombres que los conducían no hacían ruido, no