La noche había caído sobre la ciudad con un silencio anómalo, casi premonitorio. Desde los edificios más altos hasta los callejones más estrechos, había una quietud densa, como si el aire mismo presintiera el caos que estaba a punto de desatarse. Las luces de los autos se deslizaban por las avenidas, reflejándose en charcos y cristales, mientras un grupo de vehículos negros sin identificación se dispersaba silenciosamente desde distintos puntos. Los hombres que los conducían no hacían ruido, no hablaban entre sí y no mostraban emociones en el rostro. Eran piezas de un ajedrez oscuro moviéndose con precisión letal.
La orden había sido clara, casi quirúrgica:
Encontrar a Erika Wilson. Llevarla con vida.
Eliminar a Lucca Serrano si interfería.
Débora Baker no repetía las órdenes. No necesitaba hacerlo. Cuando ella hablaba, incluso el aire parecía detenerse.
Los autos tomaban rutas diferentes, algunos hacia las afueras de la ciudad, otros hacia carreteras secundarias que llevaban a zonas