La mansión Baker había amanecido envuelta en un silencio denso, casi venenoso. No era el silencio propio de una residencia inmensa, sino uno que nacía de la tensión contenida, de la vergüenza y el miedo. Los empleados caminaban con pasos ligeros, evitando cualquier roce, cualquier mirada innecesaria. Se sentía en el aire que algo había explotado… y que lo peor aún estaba por venir.
En la sala principal, decorada con mármol oscuro y retratos de ancestros que parecían observarlo todo con juicio e