La mansión Baker había amanecido envuelta en un silencio denso, casi venenoso. No era el silencio propio de una residencia inmensa, sino uno que nacía de la tensión contenida, de la vergüenza y el miedo. Los empleados caminaban con pasos ligeros, evitando cualquier roce, cualquier mirada innecesaria. Se sentía en el aire que algo había explotado… y que lo peor aún estaba por venir.
En la sala principal, decorada con mármol oscuro y retratos de ancestros que parecían observarlo todo con juicio eterno, Damián estaba de pie frente a los ventanales. Las manos le temblaban ligeramente. No había dormido. Desde que se enteró de que Alessandro estaba investigando el pasado de Erika, no había vuelto a descansar con normalidad. Sabía que aquello era una sentencia, era muy consciente de que, si Alessandro terminaba de atar cabos, su nombre, el de su madre y toda la dinastía Baker se iría directo al infierno… arrastrados por su estupidez.
—No puedes ni siquiera tener la decencia de mirarme cuando