La ciudad parecía respirar con un ritmo acelerado aquella noche, como si cada edificio contuviera una historia que estaba a punto de explotar. Las luces vibraban, brillaban, se quebraban contra los muros de concreto, y el viento arrastraba un murmullo inquieto: algo se movía en las sombras, algo se preparaba para estallar.
En el corazón del distrito financiero, donde los rascacielos se alzaban como columnas de un templo moderno, un convoy de autos oscuros avanzaba con precisión militar. No hacía