La ciudad parecía respirar con un ritmo acelerado aquella noche, como si cada edificio contuviera una historia que estaba a punto de explotar. Las luces vibraban, brillaban, se quebraban contra los muros de concreto, y el viento arrastraba un murmullo inquieto: algo se movía en las sombras, algo se preparaba para estallar.
En el corazón del distrito financiero, donde los rascacielos se alzaban como columnas de un templo moderno, un convoy de autos oscuros avanzaba con precisión militar. No hacían ruido más allá del ronroneo firme de sus motores; eran sombras en movimiento. Hombres vestidos de negro, comunicadores en el oído y armas ocultas bajo los abrigos.
Eran los hombres de Débora Baker.
Y esa noche, tenían un objetivo.
Encontrar a Erika Wilson.
Ella era la pieza que necesitaban, la llave para apaciguar la furia de Alessandro y evitar que el clan Baker ardiera desde dentro y Erika siempre fue un peón en un tablero donde los demás movían las piezas a su antojo… pero esta vez, los