El presidente sacó de su bolsillo unas esposas cubiertas de una suave felpa negra. Tomó las muñecas de Miranda con sutil firmeza y sin brusquedad, mientras la besaba. La sujetó con destreza a la sólida cabecera de la cama. Acto seguido, cerró las persianas, aislando el mundo exterior, y apagó las luces. En la penumbra de la habitación, sus besos se volvieron lentos, pausados, derramando su aliento caliente sobre el cuello de Miranda, mientras cuidaba con extrema delicadeza la posición de su pie