Pasada la fiesta y el bullicio de los doscientos invitados, el silencio de la mansión se sintió casi irreal. Miranda guardó las esposas de titanio en una caja metálica con un clic definitivo, se retiró el pesado vestido marfil y se desmaquilló frente al espejo, despojándose de la armadura de la novia perfecta de Iwia. David la observó en absoluto silencio desde la cama cuando ella fue a su lado, usando únicamente su bata transparente que dejaba muy poco a la imaginación.
—Cachorra, me engañaste