Canadá los recibió con una ráfaga gélida y cortante, la bienvenida oficial a una luna de miel perdida en mitad del hielo.
Para Miranda, el cambio fue inmediato y violento. El aire, tan congelado que quemaba los pulmones, se le volvió completamente irrespirable. Sintió un nudo en el pecho y el pánico la hizo desear pedir ayuda de inmediato; sin embargo, a pesar de la asfixia incipiente, su orgullo pudo más: no se atrevió a decir «esto está horrible, regresemos a casa».
El personal del aeropuerto