La alarma de David, con el relajante sonido de gaviotas de fondo y las olas castigando un muelle lejano, rompió el silencio a las cinco y media de la mañana. Miranda, en un intento perezoso por apagar el ruido, le puso la pierna sana encima y balbuceó entre las sábanas:
—Cambié la terapia física para el mediodía… Duérmete un rato más…
El movimiento brusco levantó la bata de seda, dejando expuesta la piel cálida y tersa de la leona. Los dedos de David se tropezaron con su desnudez al intentar qu