Miranda Gómez, secretaria del presidente de Corporación Iwia, estaba cansada. Llevaba diez horas en la empresa y apenas había almorzado. El zumbido del antiguo CPU, sumado a el murmullo de sus compañeros a su alrededor, que hacían planes para salir a un bar karaoke, la enloquecía. Ella solamente quería que el ruido cesara. Con los ojos humedecidos recordó la propuesta de vacaciones que había hecho su novio Frederic: dos meses para ellos, visitando lugares paradisíacos para reponer fuerzas y, al terminar las vacaciones, el encuentro con una nueva vida. La posibilidad de vivir una maternidad serena y feliz se abría a su paso. Revisó con cuidado la hoja que estaba por imprimir, la leyó en silencio una vez más, sabiendo que después de entregarla no habría marcha atrás. La carta, aún tibia, tembló en su mano; tomó el bolígrafo y plasmó su firma. Al ver el parpadeo de las luces del monitor tras cerrar la sesión, respiró con alivio. Iba a llevar su petición al área correspondiente, tomó un
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