La penumbra del ático de Lux Aeterna era tan densa que las luces de la ciudad parecían meros reflejos en un abismo. Valerius permanecía de pie frente al ventanal, con la camisa de seda entreabierta revelando las cicatrices que las garras de Zack habían dejado en su pecho, marcas que se negaban a borrarse con la velocidad habitual. Al escuchar la propuesta de Elara, se giró con una lentitud cargada de desprecio, sus ojos carmesíes encendiéndose en la oscuridad.
—¿Colaborar con bestias? —la voz d