La mañana del examen en la Facultad de Derecho amaneció con un cielo de un azul eléctrico, casi tan intenso como los ojos de Tamara. Ella no había dormido mucho; el dije de plata en su cuello había estado pulsando contra su piel toda la noche, como un corazón pequeño y frío. Al entrar al aula magna, el aire estaba cargado de la ansiedad de cincuenta estudiantes, pero para Tamara, el mundo se movía en cámara lenta.
Sus sentidos, ahora refinados hasta la perfección, le daban una ventaja que rozab