El Bosque Dickens los recibió con un silencio sepulcral, roto solo por el crujido de las ramas bajo sus pies. Zack no la había soltado; su brazo seguía rodeando sus hombros con una firmeza que para cualquier otro sería protección, pero que para Tamara empezaba a sentirse como una cadena.
Se detuvieron en un claro bañado por la luz plateada, lejos de los ruidos de la ciudad. Zack se giró hacia ella, su imponente figura bloqueando la salida. Sus ojos oscuros brillaban con una intensidad posesiva,