— ¿Y ahora qué pasará? —murmuró limpiándose la lágrima furtiva que se deslizó por la mejilla.
Por un instante Naia sintió como si sobre ella hubiese caído una especie de maldición que no le permitía ser feliz. Tal vez no había ido lo suficiente a la iglesia cuando podía, su madre y abuela iban cada domingo a misa, pero ella a veces prefería quedarse en casa a dormir un poco más. Quizá Dios se había enojado con ella por eso, pensó intentando encontrar una explicación al no poder darle una buena