La figura trajeada e imposiblemente alta entró a su oficina, ocupando casi todo el espacio de la puerta y tragó en seco.
—Buenas tardes “ señorita” Stevens.- murmuró él, en su acento británico cortante y frío.
—Di lo que quieres y lárgate, Marco.
—Oh, por favor querida. ¿ Qué sucede con tus modales?— rió él acercándose.
—No los tengo contigo. Tú resurrección después de tanto tiempo no puede significar nada bueno.
—Bueno, ya que quieres ir directo al grano…— susurró él, sentándose justo fren