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Alexander

No hay música.

No hay voces.

No hay pasos en la madera flotante del pasillo que conduce al cuarto de huéspedes donde a veces dormía por puro capricho.

No hay risas a media noche, ni tazas olvidadas en el lavavajillas.

No hay "Alexander" dicho con ese tono condescendiente que me sacaba de quicio y, por razones que aún no entiendo, también me hacía sonreír.

Hay silencio.

Un eco brutal.

Un vacío que no suena… pero duele.

—¿Señor Blackwood, quiere que le prepare café?

Asiento sin levanta
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