Alexander
A las ocho en punto, la sala de juntas olía a café recién hecho, tensión corporativa… y a Mia.
Sí, a ella.
A su perfume cálido con fondo de almendras amargas y algo que aún no podía identificar, pero que me tenía estúpidamente obsesionado.
Estaba sentada al extremo largo de la mesa, revisando el informe con su ceño fruncido característico. El mismo que usaba cuando algo le interesaba o la molestaba, que era —para mi desgracia— casi todo lo que decía yo.
Llevaba una falda lápiz negra y