Alexander
Nunca supe qué hacer con los atardeceres.
Demasiado lentos, demasiado nostálgicos.
Un recordatorio de que el tiempo pasa y yo no lo controlo.
Hasta hoy.
Hoy estamos sentados frente al mar, en ese restaurante ridículamente romántico que jamás habría escogido si no fuera por ella.
Velas.
Vino.
El murmullo constante del océano jugando con la orilla.
Y ella.
Dios… ella.
Mia se ve como un presagio. De algo bueno, o peligroso, todavía no lo sé.
Lleva un vestido azul que parece parte del cie