Mia
No sabía si estaba lista para esto.
Lo cual, en mi idioma emocional, significaba que estaba a cinco segundos de arrepentirme.
Pero ahí estaba yo. Sentada frente al volante, con las manos temblorosas sobre el cuero frío, esperando a que Alexander saliera de su maldito rascacielos de cristal y se subiera al coche.
—¿Estás segura? —me había preguntado mi hermano con voz débil al teléfono.
“Segura” era una palabra peligrosa.
No lo estaba. Pero algo en mí necesitaba que él viera…
Que entendiera.