Mis manos tiemblan mientras recorro por última vez la habitación. El espacio que una vez me pareció una jaula de oro se siente ahora como un cementerio de ilusiones. No tenía mucho que llevarme; mi vida antes de Lucien cabe en una pequeña bolsa, y lo que he adquirido aquí —la ropa y demás— se sentía como una piel que necesitaba mudar. Solo tomo lo estrictamente personal, aquello que no tiene el sello de su posesión.
Estoy cerrando mi pequeña bolsa cuando la puerta se abre suavemente. Es Elmira.