El desierto de Nevada se extiende ante mí como un mar de arena y promesas rotas. El viaje de vuelta a Las Vegas es un suplicio silencioso; cada kilómetro que me aleja de la casa de Luciana se siente como un hilo que se tensa en mi pecho hasta casi romperse. Despedirme de ella, de Lucy y del pequeño Ethan fue como arrancarme una costra que apenas empezaba a formarse. Ver sus siluetas hacerse pequeñas en el retrovisor cuando partí al aeropuerto me dejó un vacío que pensé que me tragaría entera.
P