La luz de la mañana entra por la ventana de la cocina con una claridad que me resulta casi ofensiva. El sol brilla como si el mundo no se hubiera roto en mil pedazos anoche, como si mi identidad no fuera ahora una mancha de ceniza en una carretera olvidada. Mis manos, frías a pesar del calor que emana de la taza de café, envuelven la cerámica con fuerza, buscando un anclaje a la realidad.
Frente a mí, Luciana lee la carta. El silencio en la cocina solo se ve interrumpido por los ruidos felices