El eco de mis pasos sobre el piso de la mansión parece más ligero de lo habitual. Al cruzar el umbral del vestíbulo, la luz de las lámparas en el patio trasero se filtra por los ventanales, creando largas sombras doradas que dan a la casa un aire de catedral antigua. Me detengo en seco al ver a Elmira que se detiene en el salón principal, con su habitual postura rígida, pero hay algo diferente en ella. Sus manos no están rígidas, pero sí mantienen esa firmeza que contrasta con la suavidad inusu