La mansión Belmont no es una casa esta mañana; es un organismo vivo, palpitante y caótico. El aire está saturado con el aroma de laca para el cabello, perfumes caros y el olor del café recién hecho que circulaba en bandejas de plata. Desde mi posición, sentada frente al tocador de caoba en mi habitación, observo el hervidero de actividad a través del espejo. Maquilladores, estilistas y asistentes entran y salen como hormigas en un hormiguero de lujo, pero yo me siento extrañamente suspendida en