Los ojos de Lucien me observan y lo miro con ganas de cortarle esa parte de su anatomía que, para mi maldita desgracia, me ha hecho disfrutar hace unos minutos.
—Dime que estás limpio —siseó entre dientes. —Lo último que me falta es que me contagies una enfermedad.
—Eso debería preguntar yo. Dado el prontuario de tu difunto marido.
—Imbécil —replico.
Lucien se dirige a la puerta y mantiene su mano en el pomo. Se detiene un instante antes de abrirla.
—Cúbrete y recomponte un poco —ordena, su voz