La respiración se me detiene y el corazón, que ya late con la furia de una alarma enloquecida, se contrae hasta un punto doloroso. No es solo la presencia de Lucien, sino lo que llevaba en sus manos lo que paraliza mi voz. Una cadena de eslabones plateados, delgada, elegante, pero inconfundiblemente, una cadena. El sonido del metal, sutil y seco, resuena en el pequeño espacio como el tañido de una campana de sentencia.
Me niego a aceptar esa realidad. No puedo. Pero esto… esto es demasiado. Una