El aliento se me atasca en el pecho, un nudo frío y duro. La frase de Lucien, pronunciada con esa calma letal, no es una amenaza vacía; era la sentencia de mis acciones. La visión de mi hermana y sobrinos, inertes y fríos por mi culpa, por mi desesperada y estúpida huida, borra de inmediato cualquier rastro de ira o desafío. Solo queda la bestia acorralada.
Las lágrimas brotaron sin control, calientes y espesas, nublando la imagen glacial de Lucien. Mis ojos se dirigen a mis manos, aún sujetas