Hay lugares que simplemente existen para recordarte que sigues siendo humana. Que por más que intentes levantar la barbilla, fingir fuerza, endurecerte por dentro, siempre habrá una grieta diminuta que algo —o alguien— puede presionar hasta hacerte temblar.
Para mí, esa grieta siempre ha tenido forma de pequeñas criaturas.
El interruptor no funciona. Me doy cuenta apenas apoyo mi dedo sobre él y siento cómo la palanquita —esa maldita cosa floja y fría— se mueve sin activar nada. Lo intento dos,