Me desplomo en un taburete alto en la cocina principal de la mansión, el epicentro del lujo subterráneo. He pasado las últimas cuatro horas ensamblando las piezas de ajedrez, el pañuelo de seda y la maldita ficha del león dentro de las cajas de terciopelo. Mis dedos están pegajosos por el lacre, y mi espalda me arde por la postura encorvada. Pero al fin he terminado. Elmira y uno de los guardias se habían llevado la pila de cajas, y por un momento, me permití la ilusión de la paz.
Lucien se hab