Durante el trayecto de regreso a Lomas de Provenza, Oliver soltó la duda.
—A ver, en serio, ¿tú solita lo aventaste al agua?
Ella asintió con naturalidad.
—Así es.
Oliver le revolvió el cabello con un gesto de resignación.
—Para la próxima, por favor, no te ensucies las manos.
Ella negó de inmediato.
—A mí me gusta arreglar mis propios problemas. Si dejaba que te metieras, ese idiota jamás me iba a tomar en serio y seguiría dando problemas.
Una risa franca brotó de los labios del joven.
—¿O sea