Alina asintió con fuerza, desbordando emoción.
—¡Sí! ¡Claro que sí quiero!
Oliver deslizó la argolla en su dedo, se puso de pie de un salto, la jaló hacia su pecho y atrapó sus labios en un beso apasionado para sellar la promesa. Entre el aroma de las flores y el sabor salado de las lágrimas, bajo la inmensidad de la noche y el brillo de los focos, se entregaron a una caricia profunda e intensa.
Era como si quisieran fundir todos sus sentimientos en ese contacto para hacérselo saber al otro.