Lia, encerrada en su cuarto, no paraba de llorar. Ya había hecho añicos todo lo que se podía romper, y la habitación había quedado patas arriba.
—¡Mamá, no me quiero ir al extranjero! Habla con el abuelo, te prometo que me porto bien, ya nunca más voy a armar líos... ¡no dejes que me manden lejos!
Lia lloraba sin consuelo.
Mariza intentaba consolarla:
—Ya, mi Lia, estudiar en el extranjero tampoco es tan malo; mamá te va a ir a visitar seguido, no te apures. En cuanto se le baje el enojo al