La voz de Oliver sonó junto a su oído como un juramento. Desde aquel día en el jardín de los Quiroga, cuando la muchacha del vestido de noche cayó entre sus brazos, todo había empezado a salirse de control.
Su corazón, sus sentimientos, estaban a cada instante atados a ella. Y ahora tenía la certeza de que jamás podría soltarla.
Esa muchacha, despierta y alerta, era como un enigma imposible de descifrar; y, sin embargo, fuera a donde fuera, él la encontraría. Alina ya no debía ni soñar con hu