Toda la felicidad que desbordaba el corazón de Oliver venía de aquella chica ocurrente y traviesa que estaba en la sala.
Cuando las empanadas estuvieron listas, él llevó todos los platillos a la mesa y fue a la sala a avisarle, pero ella ya se había quedado dormida, acurrucada en el sillón. Abrazaba un cojín, recargada en el respaldo, durmiendo plácidamente.
Se acercó y le robó el aliento con un beso. Bastó un instante para que Alina despertara entre forcejeos; se frotó los ojos, todavía ador