Mariza seguía con su llanto y su escándalo sin parar; sabía que bastaba con que don Abel dijera una palabra para que Alina dejara de insistir.
Abel suspiró de resignación, atrajo a Alina hacia él y le dijo:
—Mija, tu abuelo te cede sus acciones, pero dejemos este asunto por la paz. Si de veras los Quiroga llegamos a tener a alguien que estuvo en la cárcel, tampoco es algo de qué presumir; ni yo sabría dónde esconder la cara.
—¡Papá! ¿Cómo le vas a dar las acciones a ella?
En cuanto oyó la p