Al bajar, encontró a Abel todavía en la sala.
—Ven, siéntate.
Oliver se acomodó en el sofá. Abel bebió un sorbo de té.
—Mira: Alina es muy joven, no sabe del todo cómo manejarse, y desde chiquita no fue apreciada, ni le tuvieron paciencia. Aun así, es mi nieta y me duele lo que le pasa. Estos días me he dado cuenta de que trae algo metido en el alma. Soy viejo y no sé consolar a nadie, y ella tampoco se anima a hablar. Pero, salvo tú, no hay nadie capaz de hacerla sufrir de esta manera.
Él incl