A Uriel no le quedó más remedio que bajarla. En cuanto sus pies tocaron el suelo, a Alina se le aflojó el cuerpo y se apoyó contra él; luego, tambaleándose, intentó caminar hacia la puerta.
Fue entonces cuando él comprendió: ni siquiera estaba despierta. Tenía la mirada perdida, aturdida, dando tumbos sin distinguir el camino.
Lo que no esperaba era que estuviera tan en guardia: un simple abrazo bastaba para que se resistiera. Por miedo a que se cayera, la siguió paso a paso, sosteniéndola de v