Los autos se detuvieron frente a los portones de hierro forjado de la mansión Moretti. Los emblemas familiares brillaban en el metal, recordando a cada visitante que allí dentro no solo se levantaba un palacio de mármol, sino también el peso de un legado que había sobrevivido a guerras, traiciones y siglos de sangre.
Cuando Isabella cruzó el umbral, Alessa fue la primera en correr hacia ella. Se lanzó a sus brazos con un sollozo ahogado, temblando de alivio mientras la estrechaba como si temier