La noche había caído sobre las afueras de Nueva York. El aire olía a humedad y a pólvora contenida, como si el bosque mismo presintiera la tormenta de acero que se avecinaba.
Los autos blindados se detuvieron a una distancia prudente de la propiedad. Los hombres descendieron en silencio, vestidos de negro, armados hasta los dientes, camuflados en las sombras. Nick se colocó al frente; sus ojos brillaban con un filo de furia contenida.
Al llegar a la propiedad campestre de Vittoria, el escenario