…Sin romper el contacto visual, Nick deslizó las manos por sus costados, hasta el borde de su suéter de cachemira.
Con movimientos deliberados, pero no bruscos, comenzó a subirlo. Isabella levantó los brazos, permitiendo que se lo quitara por completo. El aire fresco de la cabaña le erizó la piel desnuda de su torso, pero la sensación fue rápidamente reemplazada por el calor abrasador de sus manos. Sus palmas, grandes y un poco ásperas, se posaron en su cintura, y sus pulgares trazaron círculos lentos e hipnóticos sobre la piel suave de su abdomen. Isabella contuvo el aliento, sus pechos, ahora libres bajo sólo el encaje fino de su sostén, se alzaron con una inhalación temblorosa.
—Eres tan hermosa que duele mirarte —susurró Nick, su voz convertida en un rumor áspero. Bajó la cabeza y depositó un beso justo debajo de su esternón, donde su corazón latía salvajemente. Luego, otro, más bajo, en el hueco de su ombligo. Cada beso era una marca de fuego, un sello de posesión que Isabella re