La aurora boreal se desvaneció, dejando un cielo estrellado y una paz nueva en sus almas. No hubo necesidad de hablar de regresos o de realidades pendientes. Por un pacto tácito, decidieron que el mundo exterior podía esperar un día más. Tenían una deuda consigo mismos, y la pagarían con horas robadas al tiempo.
Isabella despertó con el primer resquicio de luz, encontrándose a sí misma observando a Nick dormir. Había una calma en sus rasgos, una paz que parecía haber arraigado durante la noche, como si la confesión y las lágrimas compartidas hubieran lavado una capa de tensión perpetua. Se deslizó de la cama con la delicadeza de una sombra, envuelta en la camisa de Nick que había tomado prestada.
En la cocina, se enfrentó a la cafetera con una determinación cómica. Nunca había preparado café sin que un empleado o una máquina de cápsulas lo hiciera por ella. Tras examinar los filtros y los granos molidos que Nick había dejado a la vista, emprendió la misión. El sonido de su forcejeo el