El sol entró por las ventanas de la mansión Moretti, pero nadie lo sintió como un amanecer. Era una luz fría, afilada, que parecía revelar más de lo que iluminaba.
Giuseppe estaba en la sala, de pie, con los brazos cruzados, mirando los restos del desastre del día anterior como quien observa un campo de batalla después de la tormenta. Giorgio, por orden del Don, chequeaba nuevamente los marcos de las puertas, las lámparas, las esquinas del techo. Charly caminaba por la planta baja con el ceño h