Ana fue la primera en reaccionar. Con una serenidad que contrastaba con el caos que aún flotaba en el aire, tomó a Sofía por los hombros y la llevó hacia la habitación de huéspedes.
—Venga conmigo, señora… esta helada —susurró, mientras la guiaba por el pasillo.
Sofía apenas podía sostenerse; tenía las manos juntas, como si todavía estuviera rezando. Ana cerró la puerta con suavidad mientras los hombres comenzaban su propio recorrido silencioso por la casa.
Giuseppe, Giorgio y Charly se movían