La cabaña era aún más perfecta por dentro. Isabella recorrió cada rincón con ojos brillantes, tocando los muebles de madera maciza, las mantas tejidas a mano y las ventanas que enmarcaban el Denali en todo su esplendor. Cuando llegó a la habitación principal y vio la cama de dosel con el edredón de parches y las velas en la mesita de noche, las lágrimas rodaron por sus mejillas.
—Nicholas… —susurró, volviéndose hacia él—. Es todo lo que siempre soñé.
Él le enjugó las lágrimas con los pulgares.