La terraza de la mansión Moretti estaba bañada por una brisa cálida que alzaba los visillos de lino como fantasmas danzantes. Isabella se recostó en el sofá de mimbre, con una copa de agua con limón entre los dedos. Poco después, Alessa y Charly se le unieron, desplegando cuadernos, agendas y pantallas.
—Así que... —dijo Alessa con una chispa traviesa— tenemos poco tiempo para organizarle la mejor fiesta de cumpleaños del siglo a Daniel.
—Y que no sospeche nada —añadió Charly, masticando un reg