La noche cayó como un telón sobre Long Island, y con ella llegó la procesión de poder. Limusinas negras y autos de lujo se alineaban como piezas de ajedrez a la entrada de la mansión Moretti. Del interior emergían los jugadores: patriarcas con trajes hechos a medida, esposas de mirada afilada y joyas como dagas, herederos marcados por el peso del apellido. Un desfile de sonrisas congeladas y secretos ocultos tras lentes ahumados. El aire, saturado de perfume caro, tabaco cubano y tensión conten