La noche de Nueva York no perdonaba la debilidad, y para Vittoria, el resplandor de sus muelles ardiendo en Queens era una bofetada que se sentía hasta en las costas de Italia. A miles de kilómetros de distancia, en una villa blindada frente al Mediterráneo, Vittoria observaba las pantallas de alta definición que transmitían el caos en tiempo real. Sus dedos, adornados con anillos de oro que habían pertenecido a hombres muertos, se clavaron en el cuero de su sillón mientras veía a Isabella More